Felicidad
En los estivales momentos que la vida nos regala, las personas que toman consciencia del ahora, observan, aunque sea de soslayo, algo que la terca humanidad acabó denominando “felicidad”.
No obstante, y a los exclusivos efectos de contextualizar, se debe aclarar que cada cultura ha intentado apresar ese concepto esquivo mediante una palabra que, lejos de ser inocente, arrastra capas de historia y visiones del mundo. La idea de “felicidad” se ha modelado a partir de raíces que hablan de fortuna, de bienestar, de plenitud o incluso de bendición, según la sensibilidad espiritual del pueblo al que pertenezca el individuo.
Sin embargo, por más que las lenguas intenten fijar el significante a un significado, la pregunta permanece intacta ¿qué significa, en última instancia, la felicidad?
Esta pregunta naturalmente no es nueva, y muchísimo tiempo antes de que este abogado con ínfulas a creerse igual que cualquiera otra, ya lo habían advertido los griegos, porque este es un anhelo común que trasciende en el tiempo y la historia misma de la humanidad. Y que esconde una complejidad que exige más de una reflexión, que por fortuna para el lector diremos, que aquí y hoy no serán expuestas.
Todas, sin excepción, desean ser felices, aun cuando intentan comprender qué es exactamente aquello que anhelan, porque a menudo, entre ellas surgen caminos diferentes, en ocasiones casi incompatibles entre sí, como p.ej. uno que sueña con trabajar en remoto desde las Illas Cíes, una que quiere estabilidad económica, une que prefiere no tener jefes, otro que solo quiere tiempo para sí, otra que piensa que la felicidad es viajar sin parar, y otre, otre que cree que es la paz en el mundo lo que le dará felicidad.
Empero, si se observa bien, preferiblemente desde una hamaca o una mecedora, se puede ver claramente que esa diversidad no es un problema, sino una revelación sobre la condición humana, la cual admite múltiples formas para que los individuos alcancen la plenitud.
Una de esas sendas, entendió que la felicidad es el resultado de la realización, como el despliegue pleno de aquello que constituye su naturaleza humana. Llegando al término de que una vida feliz es la vida lograda, ora como individuo, ora como comunidad.
Y es quizás por ello, que cuando un pueblo tuvo que justificar ante el mundo su derecho a existir, eligió precisamente la palabrahappiness (felicidad) como uno de los pilares sobre los que fundamentar su ruptura con el poder que los oprimía. No apelaron solo a la libertad, ni únicamente a la vida, sino que apelaron a la búsqueda de la felicidad, elevándola a la categoría de derecho inalienable. Circunstancia esta última, sobre la que ahondaré un poquito más adelante.
Ese gesto de inclusión realizado de forma tan solemne como pragmática, demuestra o al menos puede probar, que la felicidad no es únicamente un asunto íntimo o filosófico, sino que también es un aspecto jurídico y políticamente relevante. Un principio capaz de legitimar la necesidad de la creación de un Estado. Así lo dejaron escrito con la contundencia de quienes se sabían que estaban fundando algo que excedería a su tiempo, en la Declaración de Independencia de los trece Estados Unidos de América, el 4 de julio de 1776, dice:
“Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; (…)”
U.S. Declaration of Independence - Spanish
Esto, para quienes no sepan o conozcan la columna que vertebra el principio rector del Derecho (al menos desde la perspectiva de este autor) el iusnaturalismo clásico, la Declaración de Independencia reformula el tradicional derecho a la propiedad en favor de la ‘búsqueda de la felicidad’, desplazando el acento lockeano de la identidad y del yo, hacia un ideal más amplio de realización humana. Sin que ello suponga, en definitiva, la pérdida del inalienable derecho a la propiedad, que en síntesis, es alcanzado cuando colma la búsqueda de la felicidad.
Así ahora, descansando con la brisa de un mar nuestro, resulta fácil disertar centrándome en la felicidad, tanto o más como encontrar porque tiene sentido exigir respeto por los millones de personas que el gobierno de EE.UU. coarta de la posibilidad de buscar la felicidad, que ya no encontrarla, sino solo buscarla. Situación que se traduce en miles de millones si ampliamos la vista fuera de los propios EE.UU., donde no solo impiden la búsqueda de la felicidad, sino la esperanza de vida.
Para ir concluyendo, y no hacer leer a la cansada vista que seguro puede estar repasando esto con cierto recelo, más si cabe si lo que siente es admiración, por efímera que esta pueda ser. Recordar, que el mismo país que consagró la búsqueda de la felicidad como derecho inalienable tardó casi un siglo en reconocer que la esclavitud era incompatible con cualquier noción de humanidad.
Ese contraste, tan incómodo como revelador, muestra que la felicidad como principio político nunca camina sola, puede ir acompañada de sus sombras, de sus contradicciones y de sus silencios. Y quizá por eso, mientras uno descansa con la brisa de un mar nuestro, resulta tan sencillo hablar de felicidad como de preguntarse por qué millones de personas ni siquiera pueden aspirar a buscarla.
Al final, después de tantas palabras, tanta filosofada y solemnidad constituyente, uno acaba descubriendo que la felicidad, no es un concepto, ni un derecho, ni menos aun una promesa. Es una ardua tarea. Una búsqueda obstinada que atraviesa culturas, leyes y siglos de lucha por la libertad, la que no se impone sino que se hace respetar. Y pese a todo, la felicidad sigue siendo el único horizonte que merece la pena ser perseguido hasta que alcancemos la muerte. VIVAS, LIBRES Y FELICES.